jueves, 9 de abril de 2009

A la vera de Borges-Matviu Alicia

A LA VERA DE JORGE LUIS BORGES

EVERYTHING AND NOTHING

Creyó que era él y su bibilioteca; o más bien creyó que él y su biblioteca eran uno solo o quizá, también creyó, que al final de la vida, la biblioteca sería solamente él, si es que ya no lo era y ese final inexorablemente ya había acontecido. No le importaba mucho, seguramente nada, encontrarse en él o encontrarse en sus libros. El regocijo era pleno, tanto como cuando se sumergía en el fondo de su ser (o ego) como cuando recorría con sus manos temblorosas las páginas unánimes de un libro legendario de cuyas letras ya no podía reconocer el símbolo. A veces no sabía si sus cuentos los forjaba con le herrumbre de sus propios pensamientos o eran pensamientos de otros muchos, capturados y recreados por la picardía de un buen lector y acuñados con el oportuno oficio, aprendido, de un escritor. Lo cierto es que cualquiera fuera el camino elegido para entretener su mente, ya sea leyendo o escribiendo, recurriendo a su biblioteca o eligiendo él mismo los símbolos de su autosatisfacción, arribaría por la fuerza de su voluntad a un instante de felicidad. La ilusión no era nada sencilla. Por las noches soñaba que escribía, soñaba empezar y terminar un cuento o una poesía. Soñaba cien veces por noche que escribía el mismo cuento o la misma poesía. Tanta laboriosidad inútil para comprobar al despertar que el cuento ya había sido escrito por otro o que la métrica de su poesía sólo tenía sentido lógico dentro de los paréntesis de un sueño nocturo. No le importaba invertir cien horas de sufrimiento en pos de capturar la espada sagrada, sin con ello podía reconfortarse con un segundo de felicidad. Porque no hay placer más complejo que el pensamiento y a él se entregaba. Por eso su frondosidad, su multiplicidaddad y misticismo: por sentir. Sentir el segundo singular de la felicidad por la obra cincelada. Decía que había sido feliz algunos instantes, pero quienes lo conocían en la privacidad dicen que fue feliz una sola vez. El caso es que había leído infinidad de páginas, conocido infinidad de autores y había acumulado en su biblioteca infinidad de libros y en sus retinas infinidad de imágenes de libros y autores. Estaba plenamente conciente de su confusión y no le importaba. Al fin y al cabo ¿Que diferencia había entre él y su biblioteca, entre las hojas quebradas de sus antiguos libros y sus propios ojos secos ya casi ciegos? La confusión era dolorosa pero también se había convertido en algo placentero a lo largo de tantos años. Solía decir que las letras lo justificaban, sin saber que él justificó su biblioteca. El fue para que otros sean, al igual que los libros clasificados fueron para que sea él. Un día decidió, como resultado de su hastío y de la mezquindad con que la vida le regalaba ese segundo singular de insipiración, desarmar su biblioteca y dejar de escribir. Comenzó a regalar sus libros preferidos a sus amigos más queridos. Luego la tarea se hizo tan ardua por lo interminable, que finalizó quemando algunos libros por no ser merecederes de halago alguno y otros fueron a parar a las manos de unos sobrinos advenedizos que no tardaron en venderlos por pocos centavos. En cuanto a sus letras, concluyó dibujando un último poema (tal vez póstumo) dedicado a una mujer que amó (tal vez la última) Refugiado en un páramo de un país extraño, el mismo que lo había cobijado cuando niño, se dejó arrollar por el tiempo. Despojado de todo: olores, fama, imágenes y libros; por primera y última vez, fue uno y fue todos. La historia cuenta que antes o después de su muerte (o al mismo tiempo) se puso frente a Dios y le dijo: "Te agradezco que me hayas concedido en el último instante de mi vida esta vasta vacuidad que es el todo y es la nada. Beso tu mano por poder conservar para toda la eternidad la unión de mi ser con mis libros y ser todos uno para siempre; sin devisiones, sin individualismos, sin espacios intermedios..." La voz de Dios le contestó desde un torbellino: "No me agradezcas nada, mi querido Borges, tuyo es el mérito. No te pude ayudar en tus sueños a ser uno. Sólo soy el Dios que te ha tocado en turno, que ha soñado tantas veces ser muchos y ser nadie. Soy aquél que nunca ha podido ser uno".
ALICIA MATVIU